Casafranca - Comarca de Entresierras
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Casafranca
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Si tienes algo que contar sobre Casafranca mándanos tu texto al correo y en este espacio lo verás publicado. Después de un tiempo pasarán al apartado de  "Los Autores" donde los guardaremos por el nombre del escritor mientras no nos digáis lo contrario.

EL FUEGO

 

 

Acabo de encender la chimenea y en tan pequeño espacio restos de bosque han cobrado vida merced a una pequeña chispa. Esa misma chispa que supo domar nuestro antecesor y que le hizo libre, hoy me acuna y me adormece con su calidez bailando ante mí en coloridas transformaciones.

 

El fuego es, sin duda, el más bello de los cuatro elementos. Indomable y destructor, sigue unido al hombre en su cotidianeidad y en su memoria ancestral. Tan es así, que en fechas señaladas de nuestro calendario conmemoramos el don de Prometeo, el titán generoso, que nos regaló las llamas protectoras, esa primera chispa fuente de vida ... y muerte.

 

San Juan, fiesta conocida de todos, celebra un solsticio, el equilibrio entre la luz y la oscuridad, pero en Casafranca no tiene trascendencia. En mi pueblo, pequeño y discreto, es una mujer la que nos convoca en torno a la hoguera. “ ... Santa Bárbara bendita que en cielo estás inscrita ...” .Aparece con los fríos invernales al igual que ahora a sido traída a mi memoria por el viento furioso que azota los cristales.

 

Es a principios de Diciembre cuando en su fiesta, niños y mozos desaparecen en el bosque para limpiarlo, recogiendo su tributo de ramas secas, mientras las mozas y mujeres maduras limpian el suelo de la plaza para que nada empañe la ofrenda.

 

Se inicia la ceremonia con los ecos lejanos de los que se fueron. Bajan sus canciones por la ladera del monte trayendo el regalo de la tierra, de la Magna Mater, que en breve ascenderá al cielo transformada. Ya todos reunidos preparamos dos montones de leña, uno para prender y el otro para alimentar el fuego, pues no quemamos muebles viejos. Tampoco pisamos las brasas ardientes, lo máximo que hacen los más intrépidos es saltar la hoguera cuando las llamas bajan, mientras los demás contienen el aliento frente a tamaña temeridad.

 

También los más pequeños enfrentan su riesgo particular protegidos por las sombras: el único cigarrillo que les está permitido, sólo hoy y sólo por la hoguera.

 

Ya es madrugada y el fuego se acaba. Desde la caída del sol hombres y mujeres hemos estado luchando para alejar las sombras. Poco a poco hemos realizado la danza circular de acercamiento al fuego, al calor, y ahora que tan sólo quedan pequeñas estrellas caídas estamos todos juntos, mano con mano, amigo con enemigo, mirándolas solidarios en la misma ceremonia.

 

Acompañando la noche también a caído el silencio. La algarabía y la euforia de momentos antes han dado paso a los recuerdos y, quizá al arrepentimiento de culpas ajenas por aquellos otros fuegos terribles y vergonzantes.

 

Todavía un año más la santa a recibido su tributo de fuego y humo.

 

¿Volverás Bárbara?. Regresa el próximo año para aceptar la ofrenda de los hijos del fuego. Regresa para que veas que todavía conservamos el regalo del titán, el regalo que nos hizo libres, que nos hizo humanos, que nos hizo ... como somos.

 

 

Florencia Varillas

Nuevo texto de Graciela desde Argentina

La iglesia de piedra

 

Nunca pude determinar en qué momento de mi infancia surgió, si fue producto de la prolífica fantasía con que supe sortear situaciones dolorosas y difíciles de comprender en toda su complejidad para una niña o si acaso se escapó subrepticiamente de algún sueño, quedando como un residuo, como una foto borrosa sin significado aparente: una iglesia de piedra que refulge con la luz de la tarde; una leve hondonada orientada hacia un sendero de tierra que se inicia a escasos metros de las puertas del templo y se pierde hacia el norte; entre la iglesia y el camino, el sol formando un ángulo definido antes de caer y perder fuerza; y parada a un costado de la iglesia, una mujer joven que, en ciertas ocasiones, sumida en el desaliento, parece despedir a alguien, y en otras, sola e invadida por la incertidumbre, observa el horizonte lejano, allí donde el sendero se transforma en un punto, quizás intentando adivinar una silueta que le devuelva la calma.

 

Con frecuencia creí que ambas versiones de la imagen –la despedida y la espera- y sus emociones concomitantes eran independientes, alternándose al ritmo de las fluctuaciones de mi ánimo, aunque bien pensado también podía tratarse de una sucesión de hechos –una despedida que deja a la mujer en soledad- aparentemente recortados, como si a la cinta de la película le faltara un trozo por algún motivo desconocido.

 

Tanto daba, porque en cualquier caso aquella tarde que siempre situé en la primavera me insuflaba un leve soplo de esperanza, por encima de todo dolor y de toda inquietud, cada vez que la imagen volvía a habitarme.  De hecho, en ciertas ocasiones yo misma la traía en mi auxilio, como si al extraer esa visión del cajón de los recuerdos, me resultara más sencillo resistir a los embates de la vida.  Por lo general eso sucedía durante algunas tardes penosas en que huía de la realidad subiendo a la azotea de mi casa y observaba las nubes iluminadas por un sol que los tejados, a esa hora, ya no me permitían ver.  Esa luz previa al atardecer, que se iba amarilleando hasta finalmente volverse anaranjada o roja con el crepúsculo, me retrotraía de manera indefectible a la mujer junto a la iglesia de piedra, en algún lugar probablemente imaginario.  Y sobre todo, me conectaba con su perseverante esperanza.

 

El motivo de la presencia de esa joven junto a la iglesia siempre constituyó un enigma, si bien una voz proveniente de un sitio misterioso me decía que la mujer vivía allí.  ¿Se trataba entonces de un convento y ella formaba parte de una congregación de religiosas?  Me aventuraba a creer que no, porque su vestimenta se asemejaba más a la de una campesina –pulcra, de color blanco tiza, pero de una tela muy rústica- que a los hábitos de una monja.  Y sus largos cabellos cobrizos, movidos desordenadamente por  el viento, no estaban recogidos tras una toca, como con seguridad hubiese correspondido.

 

A medida que discurrían los años, aquel recuerdo que no era tal se fue volviendo más nítido, al agregarse nuevos elementos reconocibles, como si ciertas piezas perdidas hubieran terminado por aparecer hasta componer un rompecabezas que, en un principio, no se hallaba completo. 

 

De todos modos, para ser completamente franca, cuando la niña que fui se hizo mujer y dejó de refugiarse en la azotea durante aquellas tardes melancólicas, la imagen comenzó a caer en largos períodos de olvido, desprecio y arrinconamiento.  Era evidente que nada más podía agregar a la joven, la iglesia y ese paisaje solitario y bucólico que las rodeaba.  Y tampoco lo pretendía.

 

La vida continuaba sin su intervención y mi existencia acumulaba años sin hallarle sentido a aquel instante extraño que, por más que resultara disparatado, sentía que en cierta forma era parte de mi propio inventario de recuerdos, aunque al mismo tiempo me fuera ajeno.  Ajeno a mi vida en la Argentina, a mis circunstancias como testigo de la revolución tecnológica de entre siglos y a los vaivenes un tanto apocalípticos del comienzo de un nuevo milenio. 

 

Lo cierto es que arrumbada en el fondo de mi indiferencia o reasignándole un valor esperanzador en momentos de necesidad, no fui yo quien finalmente puso las cosas en su lugar sino la vida misma, cuando varias décadas después de que esa imagen irrumpiera por vez primera, volé desde Buenos Aires, mi ciudad natal, con rumbo a España, ilusionada por recorrer la tierra de mis antepasados, oriundos en su totalidad de un puñado de pequeños pueblos muy cercanos entre sí, situados al sur de Salamanca. 

 

Mi brújula del corazón señalaba con fuerza a Casafranca, el pueblo de mis abuelas, con quienes soñaba frecuentemente en el último tiempo y cuya presencia invisible, que percibía a diario, había terminado por darme el impulso final para emprender aquel viaje.  Y fue a sólo un par de kilómetros de ese mágico pueblo de calles circulares y casas de piedra y pizarra -más precisamente en Fuenterroble de Salvatierra-, donde le encontré a la imagen su lugar en el mundo y la iglesia soñada acabó por cobrar existencia.

 

Está de más aclarar que mi capacidad de asombro se vio desbordada por el hallazgo inesperado, pero tras el impacto del primer momento y sin poder creerlo del todo aún, me dispuse a recorrer su perímetro hasta situarme en el mismo punto en que la mujer permanecía en mi recuerdo. 

 

En efecto, el suelo descendía suavemente hasta el comienzo de un sendero que se abría entre la dehesa, tal vez rumbo al Pico Monreal, el cerro más alto de la zona.  Resultaba imposible corroborarlo porque se perdía en el horizonte antes de transformarse en aquel punto que ella observaba con inquietud.  A excepción de un par de construcciones achaparradas y cronológicamente posteriores a aquella antigua foto que se alojaba en mi mente, todo coincidía: la iglesia sorprendentemente idéntica, el camino, y entre ambos el ángulo del sol descendiendo sin apuro en la tarde de primavera que, al grito mudo de “¡ábrete sésamo!”, se había dejado ver entre los gruesos nubarrones que cubrían el cielo, justo en el instante en que llegué a la iglesia.

 

Alguien me explicó que en la cima del cerro Monreal existía un atalaya, custodio y vigía de esa zona fronteriza en tiempos de moros, y la iglesia –fuerte, además de templo católico- cobijaba a los vecinos del lugar en momentos de peligro.  ¡De modo que ella se había refugiado allí!  Ahora la imagen cobraba sentido, podía comprender su actitud de espera, los gestos de despedida, sentía en mis propios huesos su dolor, sus dudas, su angustia, inmensa como la misma dehesa, y albergaba en mi corazón su secreta esperanza. Varios siglos atrás -¿cuántos, cuántos?- seguramente la nieve del riguroso y despiadado invierno había escarchado su rostro, el primer sol de la primavera había entibiado su cuerpo aterido y –puedo darlo por seguro- el viento serrano se había enfurecido, enmarañando sus cabellos, tal como yo la había visto siempre.

 

Es probable que se haya tratado de una anónima campesina, pero aun siendo el más insignificante de los seres, sin lugar a dudas no estaba destinada al olvido, pues desafiando al tiempo y al espacio, había cruzado el inmenso océano Atlántico, y en pleno siglo XX había llegado hasta mí en una América lejana, de cuya existencia acaso ella se haya mantenido ignorante, como cualquier humilde habitante de la zona de entresierras de la provincia salmantina, en un siglo distante e impreciso. 

 

Aquel momento que ella padeció con el corazón desgarrado y que yo recordaba como propio, era un punto de inflexión, de sufrimiento extremo, de crisis; ésa y no otra debía ser la razón por la que aún sobrevivía, a la manera de un fogonazo que imprime una marca imperecedera y que resiste a todo intento de ser olvidado. Mezclado entre mi sangre, arrinconado en cada una de mis células, su recuerdo había logrado subsistir, convirtiéndose  en un pequeño pero maravilloso milagro. 

 

Tal vez por eso, sentí de improviso un enorme deseo de agradecerle, de contarle que a pesar de aquel dolor tan profundo y perdurable que pudo resistir el paso de los siglos, todo había salido bien.  Entre tragedias y un puñado de alegrías, entre penas y un germen indestructible de esperanza, ella se había multiplicado en otras vidas, una de las cuales era yo misma.  Y quizás gracias a que había logrado huir del peligro para refugiarse en la imperturbable iglesia-fuerte, había salvado su vida y la de todos los que luego continuamos su viaje por este mundo. 

 

¿Pero cómo alcanzarla, cómo explicarle lo que había sucedido más tarde con su energía vital, con la herencia que nos había legado sin que casi nadie la reconociera? Me frustraba la idea de no encontrar una forma de comunicación con quien me había acompañado en silencio a lo largo de los años creyendo que era un sueño o una fantasía. Al mismo tiempo, mi pretensión me parecía absurda: sí, está bien, había existido, había pisado la Tierra como yo, había vivido sospechosamente cerca del lugar de origen de mis abuelos, pero había abandonado este mundo cientos y cientos de años atrás. 

 

La contrariedad del primer momento desapareció, no obstante, apenas me di cuenta de que bastaba mi propia intención para que la gratitud pudiera recorrer el mismo camino invisible por el que aquella imagen había llegado un día hasta mí, esperando ser devuelta a su verdadero lugar.  Porque como parte de una infinita unidad, la vida nos hace, a aquella joven y a mí, la misma mujer; ese hilo imposible de romper atraviesa una indefinida cantidad de generaciones para hacernos una, aunque la historia nos abisme, aunque mis innumerables distracciones y hasta mi desprecio hayan intentado escindirnos, aunque nada concreto y palpable indique que ella y yo somos en esencia lo mismo. 

 

Y cuando me detengo unos instantes, dejo a un lado el vértigo insensato de la vida cotidiana y me digno hacerle un lugar para observarla, ella transforma mi soledad en pura ilusión y me recuerda que muchos seres laten dentro de mí y me brindan su propia fuerza. De casi todos nunca sabré nada… aunque puedo afirmar con un secreto orgullo que a uno lo conocí, gracias a esa huella que se burló del espacio, del tiempo y de cualquier otra dimensión inteligible, para abrirse paso y conducirme con suma paciencia a la vieja iglesia de piedra.

 

Graciela   

Argentina, 2016   

Evocadora imagen de Casafranca

Agradecemos a Rosa Martín que haya cedido este texto que le dedicó su sobrina Sara

Una historia verdadera de Antonio Hernández Ingelmo

Emotivo y precioso texto de GRACIELA enviado desde Argentina

UN VIAJE LLAMADO CASAFRANCA

        Todo comenzó aquel día en que soñé con mis abuelas. Era el típico tiempo de balance, 2015 llegaba a su fin, la Navidad estaba al caer, el verano cercano nos susurraba vacaciones y descanso, y yo debía dar vuelta a otra página de mi vida, cuando Adela y Teresa se plantaron frente a mí y me observaron con ojos profundos.

        En completo silencio me hablaban de amor, de ternura, de aliento; y con un imperceptible balanceo de sus cuerpos, me acunaban, mientras yo, sin poder salir del asombro, sonreía. No quería que ese sueño terminara, tan bello era, tan protegida y amada me sentía, pero hubo un detalle que cautivó mi atención y, en gran medida, impulsó mi despertar: mis abuelas sonreían. Ésa era toda una novedad, yo sólo las había conocido a través de viejas fotos y, por aquellas épocas, una foto era cosa seria y pocos se atrevían a dibujar una sonrisa frente al fogonazo que eternizaba el momento. Evidentemente, esa imagen del sueño provenía de algún sitio que no era precisamente mi memoria, porque en ninguna foto que yo recordara, Adela y Teresa habían brindado un atisbo de alegría a sus labios.

        Fue después de ese extraño y bello sueño cuando retomé otro sueño mío, viejo y aparentemente inalcanzable: volar a España y visitar los pueblos de mis abuelos –Palacios de Salvatierra, Endrinal y Casafranca- y Guijuelo, la pequeña ciudad donde nació mi padre. Pero desde el comienzo debo confesar para no faltar a la verdad, que era Casafranca mi meta principal. Mis abuelas, que eran parientes entre sí, habían nacido allí, y su presencia en el sueño les daba un protagonismo que yo francamente nunca les había otorgado y que ahora no quería eludir.

        En el mismo inicio de la búsqueda de información, me topé con una página web maravillosa sobre Casafranca. No podía creerlo; de los otros pueblos, poco y nada, y de Casafranca, todo: la historia de sus orígenes, su actualidad, fotos, videos, en fin, todo. Y todo bello. Percibí que era una página hecha con tanto amor, que no dudé en escribir al mail de contacto, contar mi historia y la de mi familia, y concretar un intercambio epistolar hasta que llegara el momento aún no definido de cumplir con mi necesidad de volver al origen.

        Escribí como quien escribe para sí mismo en un diario personal, tan poca era la expectativa de que alguien respondiera del otro lado, pero un puñado de horas más tarde alguien del otro lado respondió. Era Virginia , quien junto con su hermana María Rosa, alimentaban la página web con iguales dosis de esfuerzo y cariño a la tierra. Desde el comienzo, sentí que ella me escribía como a una vieja conocida, me hacía llegar información fundamental, me daba consejos para indagar sobre mis orígenes desde la remota República Argentina, y sobre todo, hablaba de mi viaje con la seguridad plena de que iba a concretarlo en un tiempo próximo, seguridad con la que ni yo misma para ese entonces contaba.

        En resumidas cuentas, a partir de mi contacto con Virginia, para comprar los pasajes sólo faltaba el pequeño empujón de mi amiga Marta quien, al escuchar lo que me venía sucediendo, me dijo simplemente, como una especie de abracadabra: vamos, yo te acompaño. Y comenzamos a planear el viaje. Mientras tanto, hasta el 18 de mayo en que emprendimos vuelo, continué intercambiando mails con Virginia, nos hicimos amigas en Facebook, lentamente y a la distancia nos fuimos conociendo. Entreveía una mujer íntegra y solidaria, pero bueno, todo era muy relativo desde tan lejos.

        Así y todo, llegué con muchas ilusiones al día de nuestro encuentro en Madrid, que es donde ella vive. Y todas esas ilusiones fueron pocas al lado de lo que encontré: Virginia me mostró su amada Madrid con tanto detalle y cuidado, fue tan hospitalaria, tan cálida, que no quiero que esto suene a adulación, prefiero ser concreta y decir que, tras horas -que parecían minutos- de caminatas, charlas, historias de vida, pésimas fotos sacadas por mí, risas y algunas lágrimas ahogadas, tuve el convencimiento de que a Virginia la conocía de toda la vida. Pero esto recién comenzaba.

        Enorme fue mi sorpresa cuando, luego de ese encuentro y a punto de continuar viaje a Salamanca, Virginia me avisó que, tras analizar la información que tenía sobre la rama de su familia de apellido Velázquez (el apellido de mis abuelas), había descubierto que somos primas. Su tatarabuelo, mi tatarabuelo por parte de Teresa y el padre de Adela fueron hermanos. Y por si esto fuera poco, también me enteraba de que el día que yo había asignado para conocer Casafranca era, justamente, el día de la fiesta del pueblo, con misa, procesión y festejo. A esa altura, tenía que rendirme a la evidencia: la responsable de planear ese viaje no era yo, alguien iba acomodando cada detalle a su gusto. Y convencida de que todo era para bien, me dejé llevar.

        Desde Salamanca salí aquel domingo lluvioso y de cielo plomizo rumbo a Guijuelo. Mi plan hubiese sido llegar primero a Casafranca para el final de la misa, luego buscar a María Rosa, la hermana de Virginia, recorrer las breves calles del pueblo y seguir camino para Endrinal, Palacios de Salvatierra, Guijuelo. Pero como ya estaba alertada de que una mano invisible guiaba mis pasos, decidí lo imprescindible: tomar un taxi desde la terminal de buses de Guijuelo hasta la iglesia. Y después… quién podía saberlo.

        Recuerdo que apenas pisé suelo casafranqueño, comencé a agradecer ese día que de antemano sentía que sería inolvidable. Poder entrar en la iglesia, que habitualmente permanece cerrada, participar de la procesión al compás de los tamboriles y las flautas, observar de cerca por primera vez a sus habitantes y al padre Blas, del que Virginia tanto me había hablado por la enorme obra que realiza en la zona, todo tenía para mí ribetes mágicos. Y todo era además un regalo inesperado.

        La celebración estaba finalizando y me dispuse a averiguar si alguien podía guiarme a la casa de la hermana de Virginia, pero unos gritos apasionados suspendieron mi búsqueda. “¡Eres mi prima, eres mi prima!”, una mujer se dirigía a mí, y en la confusión yo pensé que se trataba de María Rosa. Pero no. Era Lumi, que tomándome del brazo hablaba hacia todos los vecinos y les contaba con el mismo apasionamiento del principio que yo era su prima de Argentina. Así, en un caos de información, me enteré que había otra prima esperándome junto con su marido Hilario, de sonrisa franca y cálida. Entre abrazos, gritos y presentaciones, Lumi, con todo el salero que Dios le dio, alcanzó a explicarse: Virginia le había contado a María Rosa, María Rosa a Lumi, prima a su vez de las hermanas, y todos felices de saber que tienen familia al otro lado del océano. Hago un breve paréntesis para aclarar que si alguien no comprende de qué se trata el salero español, un encuentro con Lumi bastaría para entenderlo a la perfección.

        Así, yo bastante aturdida por la sucesión de sorpresas, Lumi e Hilario felices, llegamos a la casa de María Rosa y Paco. Ahí me esperaría la mejor guía de Casafranca que nadie pudiera conocer. Adivinando siempre lo que yo quería saber, María Rosa –Mao, para la familia- caminó conmigo una y mil veces las calles del pueblo, bajo la copiosa lluvia me mostró sus antiguas casas, sus enseres, sus corrales, sus graneros, su bella dehesa; hasta el más pequeño objeto guardaba una historia que yo trataba infructuosamente de memorizar; me contó con lujo de detalles la vida –dura, sacrificada, de mucho esfuerzo y en medio de un clima inclemente- de las mujeres casafranqueñas que, en la época de mis abuelas, trabajaban en el campo a la par de los hombres.

        En ese momento, pensé en mis padres y mis cuatro hermanos; era mucho para mí sola y hubiese deseado compartir ese momento maravilloso con todos ellos, repartir entre los siete tanta magia, tanto milagro, tanto por escuchar y aprender. De mis abuelas, no me cabía ninguna duda: andaban por ahí, chapoteando entre los charcos que la lluvia iba rellenando de a ratos, gritando desaforadas, corriendo y saltando. Adela, enfundada en unos zapatones enormes y destartalados, bailaba feliz mientras salpicaba a diestro y siniestro con los golpeteos de sus pies; tenía la pierna que siempre le había faltado. Como una criatura, Teresa experimentaba los pequeños deleites de la niñez, ésos que la necesidad, la incertidumbre y el destierro le habían arrancado. Iba y venía, desobediente, por la Calle de los Álamos, en la que Mao suponía que había vivido.

        No recuerdo cuántas vueltas dimos, el tiempo y el espacio se me desdibujaron por completo aquel día. Sé que hicimos una pausa, almorzamos en su casa junto con Paco, su marido, para luego retornar la recorrida por esas calles extrañamente circulares y anchas. Y en algún momento de la tarde, fuimos al encuentro de Hilario y Lumi. Los tres me contaban historias al mismo tiempo, los tres me reprochaban no haber planeado quedarme varios días en Casafranca (como si hubiese debido adivinar la maravillosa familia que me aguardaba) y yo pensaba por qué me habría hecho merecedora de semejante bendición, de ese instante irrepetible, de ese día plagado de sortilegios.

        A esta altura del relato, estarán adivinando que la visita al resto de los pueblos quedó para mejor ocasión. El último micro a Salamanca pasaba por Guijuelo a las 20.45. A las 20.52, sentenció Hilario, quien junto con Mao me llevaría hasta la terminal y, mientras entre lamentos continuaban quejándose de tan corta visita, temí muy seriamente que el micro llegara a Salamanca sin mí.

        Con el auto ya en marcha, Lumi me entregó por la ventanilla una caja de galletitas, que yo tuve que aceptar sin chistar, aunque me hubiera gustado decirle que me iba con el corazón cargado de cariño, que no había para mí regalo más grande que ese día, que… la salerosa Lumi no hubiese admitido ningún pero, así que me limité a agradecerle y a tomarla de la mano por última vez.

        En el camino, Hilario habló de los duros tiempos de la Guerra Civil, del hambre, del frío, de la falta de abrigo, del eterno agradecimiento hacia los familiares que habían emigrado y que los proveyeron de lo necesario en los peores momentos. Mao me contaba detalles olvidados en la última pasada por el pueblo, siempre cálida y preocupada por mí, para que yo pudiera llevarme todo aquello que había ido a buscar. ¡Cómo contarles que mi alma había caminado aquellas calles durante siglos, había trabajado de sol a sol en la dehesa, había padecido el frío congelante del invierno, se había quemado las manos tocando las estalactitas de hielo que colgaban de los techos cada amanecer, se había refugiado en la iglesia-fuerte de Fuenterroble de Salvatierra en momentos de peligro, había conocido el atalaya del pico de Monreal, allí frente a Casafranca, desde el mismísimo día en que Juan Velázquez, el labrador, llegó al pueblo, allá por 1750! No lo hice, me mantuve en silencio, escuchando ávida sus relatos.

        Llegamos así a la terminal de Guijuelo. Finalmente Hilario tenía razón, el micro se detuvo en la dársena a las 20.52. Con los ojos vidriosos, él y Mao me despedían y del corazón me surgió un “Volveré muy pronto”, mientras mis dos custodias invisibles tiraban de mi ropa, suplicándome quedarnos un poco más. Repetí para Hilario, para Mao y para ellas también: “Sí, voy a volver. Prometido”. Hilario me miró a los ojos y me pidió: “Pronto, pronto, antes de que me muera”.

        Ya mi padre y mis tíos abuelos Joaquín y Camila me habían instruido bien sobre las extorsiones españolas. Para quien no lo sepa, una extorsión en una familia española que se precie de tal es una petición tierna, fatalista e inapelable. Como las palabras de Hilario. Le sonreí dando por entendido el mensaje y agradeciendo el gesto: no se extorsiona a cualquiera, sólo al que merece nuestro cariño. Definitivamente, yo ya era parte de la familia, más allá de la sangre, más allá de los apellidos, a partir de aquel día seríamos familia de corazón.

        Cuando desde la ventanilla perdí de vista a Hilario y Mao, repetí: sí, volveré, jugaremos por las calles de Casafranca, recogeremos flores silvestres en la dehesa, nos zambulliremos en la charca bajo el sol tórrido del verano, observaremos en silencio el pico de Monreal al atardecer. Porque, como en un trastocamiento cronológico y generacional, ahora yo era la abuela y ellas, Adela y Teresa, mis nietas. La noche fue envolviendo al micro, mientras yo las acunaba en mi corazón. Como ya dije, todo empezó aquel día en que soñé con mis abuelas… y tal parece que, en realidad, no era un sueño. Con todo mi agradecimiento para Virginia, César, Mao, Paco, Lumi e Hilario, y para mi compañera de viaje, Marta Barbarito. En homenaje a mis abuelos Juan, Adela, Ángel y Teresa.

Graciela Teresa Rodríguez

EN CASAFRANCA,... CUANDO NEVABA

 

Son las once y pico de la noche y el caballo no ha vuelto… nadie ha ido a buscarlo.

Está nevando. Lleva toda la tarde nevando.

Cuando va a nevar mucho, se nota porque la punta del Pico (Monreal) comienza a ponerse blanca; y esa blancura se va extendiendo como si fuera un anuncio de detergente, hasta invadir todo el pueblo; y sus calles se vuelven como irreales, más limpias, pero extrañas… Es como si el pueblo fuera otro, como un pueblo fantasma.

El caballo estaba en la Fuente Herrera, con la yegua negra del señor Sebastián.

Mi padre se dirige hasta allí y sigue unas huellas que se van borrando, porque la nieve sigue cayendo.

Llega hasta la Cañada; y allí, sobre la blanca llanura que la cubre, vislumbra al  caballo blanco que le mira con sus ojos grandes, aliviado y temeroso.

Unos golpes de pezuñas nerviosas que se oyen en el corral nos indican que podemos dormir tranquilos… Ha vuelto el caballo.

No son las once y pico de la noche, son las dos y media de la madrugada.

No está nevando, ni hace mucho frío.

Es el último día del año 2015; y no sé porqué me ha venido este recuerdo de una noche de invierno en Casafranca, cuando era niño, nevaba; y el caballo no había vuelto.

 

¡FELIZ 2016 PARA TODOS LOS “CHAMUSCAOS”!

Argi.

 

COMIENZA LA PRIMAVERA

 

        Aún tenían que terminar de cocinarse las patatas, así que decidí abrirme una cervecilla y salir al jardín.

 

        Me senté junto al estanque, al sol, que en esta época del año aún no calienta demasiado, a contemplar las evoluciones de las carpas que acaban de salir de su sueño invernal.

 

        El aire estaba saturado de la fragancia de las violetas y las flores de una mimosa cercana.

 

        Al suave murmullo de la cascada y el zumbido de los insectos, sumaban sus voces una perdiz y algunos estorninos, carboneros y golondrinas. A lo lejos, se podía escuchar la monótona conversación de un par de abubillas; las ranas también añadían su discordante croar a la melodía general, así como sus chapoteos y peleas.

 

        Gracias a ese rato, el día de hoy ha merecido la pena, soy un tipo afortunado.

 

 

Juan Solís Corzo

 

CASAFRANCA

Hace ya algunos años me invito Floren a pasar un fin de semana en Casafranca, recuerdo que era a finales del mes de octubre llegamos a media tarde y me llevé una sorpresa muy agradable al encontrarme con un pueblo que lo seguía siendo, con  un paisaje que yo no me esperaba y que me gustó mucho.

Fuimos al monte dando un gran paseo que resulto una delicia, anduvimos por la Vía de la Plata ( me hizo mucha ilusión andar por ella) fuimos a Guijuelo, en fin que fueron unos días inolvidables.

Ahora Floren se ha ido para siempre, pero cuantos recuerdos me quedan de ella.

Nos conocimos en el colegio y luego cuando se casó vino a vivir aquí y nos hicimos amigas. Cuantos recuerdos!!!! Cuantas tertulias por las noches y cuantos aperitivos nos hemos tomado juntas, unas veces en casa otras en Rosales, la plaza Mayor o en la de Oriente.

Hemos pasado muchos ratos juntas, unos agradables y divertidos y otros tristes y trágicos, pero la vida es así.

Fue una gran amiga y nunca la olvidaré

 

Mari Carmen

EL JARDIN DE CASIOPEA

 

 

 

        Existió no hace mucho una mujer bella, tímida, culta, independiente, luchadora y llena de proyectos, a la que la vida enfrentó con las más terribles situaciones de las que siempre salió fortalecida. Esta mujer decidió un buen día que necesitaba un rincón para ella sola y compró una casa en un lugar donde tenía raíces familiares y la convirtió en su propia esencia, su castillo, su lugar en el mundo. Allí mismo creo un jardín.

 

        Árboles, hierba, flores de temporada, plantas de umbría, y violetas fueron plantadas y cuidadas amorosamente por ella que recibía su recompensa cuando al despertar abría la puerta, se asomaba al jardín y se dejaba invadir por los aromas de un nuevo día.

 

— ¡No te imaginas lo feliz que soy! — me decía — ¡Salir al jardín temprano por la mañana y sentir que esto es mío! ¡Me siento muy afortunada!

 

        Y esto lo decía una mujer que tuvo que enfrentarse a la muerte de dos hijos. ¡Se sentía afortunada!

 

        A mi me gustaba su jardín porque era ella misma, y durante el día la luz y la sombra me mostraba aspectos diferentes de las mismas cosas, pero sobre todo me gustaba durante la noche. Los muros que encuadraban ese pequeño jardín ocultaban la luz de las farolas mostrando un hermoso y estrellado cielo, y allí, durante todo el año, siempre, la misma constelación: Casiopea.

 

        No es una gran constelación. Tiene forma de línea quebrada o, si se prefiere, forma de "M", pero tiene dos de las estrellas más brillantes: SHEDAR (en árabe seno, 800 veces más luminosa que el sol), KAF (en árabe palmera, 4 veces más grande que el sol), y dos nebulosas que se llaman CORAZON y ALMA.

 

        La dueña del jardín ya no está con nosotros y serán otras manos las que poden y siembren. No dudo que lo harán con todo cariño, pero para mi no será lo mismo aunque siempre podré volver y mirar el cielo en la noche y buscarla y encontrarme con ella, y buscar su seno, su corazón y su alma, y observar como gira en torno a la estrella Polar, esa línea quebrada, esa "M" de madre que me ayude a no perder el norte.

 

 

 

Virginia Corzo Varillas

Febrero 2015

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